Hay quienes apuestan, como de
costumbre, a que Rusia cambiará de actitud hacia el Medio Oriente y volverá a
la posición que había adoptado hacia los asuntos libios y sirios. En realidad,
un análisis a fondo de la posición rusa contradice esa hipótesis por las
siguientes razones:
En el mundo
actual, Rusia no puede volver atrás ya que Moscú ve en los actuales
acontecimientos y en su confrontación con Occidente –o sea con Estados Unidos y
Europa– la ocasión de concretar un nuevo orden mundial, superior al orden (si
es que eso puede llamarse «orden») que prevaleció al término de la guerra fría
y del derrumbe de la Unión Soviética y que se caracterizó por su esencia
unipolar pero que está deslizando hacia la multipolaridad desde la agresión
israelí de 2006 contra el Líbano. Fue eso lo que
Vladimir Putin quiso expreso recientemente que
estábamos viendo la formación de un nuevo orden mundial, diferente al que
surgió después del fin de la Unión Soviética. Ello implica que Moscú se
empleará a fondo para contrarrestar todo intento de detener ese proceso, aunque
ello implique llegar al conflicto. La declaración del ministro ruso de
Relaciones Exteriores señalando que Occidente cometería un grave error si se
imagina que puede atacar Irán –declaración a la que siguió otra declaración de
Putin señalando que, si Occidente llegara a intentar una acción unilateral en
la escena internacional, Moscú no se quedaría cruzado de brazos y que incluso
respondería enérgicamente– no fue otra cosa que un ultimátum que significa que
Moscú no piensa seguir regateando, como en Irak, ni quedarse indeciso, como en
Libia, y que hoy en día todo apunta al establecimiento del nuevo orden mundial,
después de la retirada estratégica estadounidense de Irak y en momentos en que
el presidente Barack Obama anuncia una reducción de efectivos que llevará las
fuerzas armadas de Estados Unidos a pasar de 750 000 hombres a 490 000 y una
reducción del presupuesto militar a 450 000 millones de dólares.
Lo anterior
implica la incapacidad de lanzar simultáneamente dos operaciones militares
diferentes, pero también anuncia el comienzo de la confrontación con China en
el sudeste asiático (y el armamento de esa región). Pekín respondió, el 7 de
enero de 2012, declarando que «ya Washington no está en condiciones de impedir
que salga el Sol Chino». Washington está cometiendo nuevamente la locura de
enfrentarse a China, cuando ha perdido la batalla con Moscú en numerosos frentes,
ya sea en la importante cuestión del gas en Turkmenistán y en Irán o en las
costas del Mediterráneo (con el anuncio de su nueva estrategia, Washington se
retira de la región, mientras se compromete a garantizar la estabilidad y la
seguridad del Medio Oriente afirmando que se mantendrá vigilante).
Putin, al
referirse a su propia estrategia, escribió recientemente que «el mundo se
prepara para entrar en una zona de turbulencia larga y dolorosa», lo cual debe
tenerse en cuenta mucho más allá de las simples declaraciones de intención
electorales. Con ello afirma claramente que Rusia no persigue el ilusorio
objetivo de una dominación unipolar en pleno derrumbe, y que no podrá
garantizar la estabilidad mundial, en un momento en que los demás centros de
influencia no están aún listos para asumir esa tarea de forma colectiva. En
otras palabras, estamos a las puertas de un largo periodo de confrontación con
el sistema unipolar, que durará mientras las otras potencias no consoliden un
nuevo orden mundial.
Habitualmente,
Estados Unidos se retira cuando sus posibilidades de éxito no son ni rápidas ni
seguras. Estados Unidos conoce perfectamente el grado de deterioro de su
economía y está conciente de la pérdida de influencia de su fuerza militar,
sobre todo después de haber perdido su prestigio por recurrir a la guerra de
forma intempestiva. Aunque sabe que no es posible volver atrás en el tiempo,
Putin invita a los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, del G8 y del
G20 a detener toda tentación de provocar tensiones basadas en cuestiones
étnicas o sociales, o el surgimiento de fuerzas destructivas que puedan
amenazar la seguridad mundial. Es este un claro indicio del rechazo, en las
instancias decisionales, hacia las tendencias religiosas y los grupos armados
que no respetan el sistema de Estados-Naciones. Putin identifica claramente a
esos grupos como aliados objetivos de los Estados que están exportando la
«democracia» mediante el uso de la vía militar y la coerción. Moscú está
dispuesto a hacer frente a esas tendencias políticas y a esos grupos armados.
El primer ministro ruso concluye afirmando que ha dejado de ser justificable la
violación del derecho internacional, aunque parta de una buena intención. Lo
cual significa que los rusos no aceptarán en lo adelante ningún otro intento de
Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos tendiente a sustituir el principio de
soberanía por el de injerencia humanitaria.
El mundo
será en lo adelante menos unipolar de lo que fue en el periodo 2006-2011.
Los
conflictos van a caracterizarse por el hecho de ser mundiales y vendrán
acompañados de un discurso cada vez más agudo, dando la impresión de que el
mundo se acerca al abismo y que está en peligro de caer en él.
La regla
según la cual «las superpotencias no mueren en sus camas» es una regla que
invita a la prudencia ante los riesgos de huida hacia delante, sobre todo
cuando una superpotencia se ve fuera del sistema principal al que se había
acostumbrado desde la Segunda Guerra Mundial y cuando sus opciones se sitúan
entonces entre hacer la guerra y atizar la tensión en las zonas de influencia
de los demás. Como las armas nucleares hacen muy difícil, si no imposible, el
estallido de guerras entre las superpotencias, el aumento de las tensiones y/o
el desencadenamiento de guerras a través de intermediarios se convierten en la
alternativa para los conflictos por la consolidación de posiciones en el plano
internacional. También está la opción de una redistribución satisfactoria de
las zonas de influencia según una nueva Yalta. Algo que hoy parece imposible
pero ¿seguirá siéndolo en el futuro? En materia de acción política no puede
excluirse ninguna opción. Existe una regla según la cual es posible vencer a
una superpotencia, pero es preferible no hacerlo. Más vale permitirle salvar
las apariencias y lograr una cohabitación entre nuevas y antiguas
superpotencias. Así sucedió con Francia y Gran Bretaña después de la Segunda
Guerra Mundial.
La
inquietud más grave tiene que ver con la lucha por la modificación del statu
quo, mucho más feroz que la que pudimos ver durante la guerra fría (aunque la
época actual es diferente en cuanto a los métodos utilizados), y durará
mientras los Estados de la Organización de Cooperación de Shangai no sean
capaces de asumir sus posiciones. Eso quiere decir que las zonas de conflicto
(Corea-Irán-Siria) están condenadas a un largo periodo de desórdenes. En el
idioma de la política contemporánea eso puede verse como la puerta abierta al
efecto dominó; o sea como una vía hacia lo incalculable y sin precedentes, y
como el paso de las luchas limitadas a conflictos de más riesgo en los que cada
cual se jugará el todo por el todo.
Lo cierto es que
el manejo de las crisis será algo que todos tendrán que enfrentar en la fase
que ya se anuncia, y que puede ser cuestión de años. El verdadero peligro es
que se trate de solucionar las crisis a través de otras crisis, lo cual
significa que el Mediterráneo oriental y el sudeste asiático pueden convertirse
en zonas de agitación crónica.
Extractos de Imad Fawzi
Shueibi